|
|
LA BIBLIA ES VERDAD
Por Ruby Zapata
ESTANDO PREPARADOS
1 Pedro 3:15 “…y estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros”
La Biblia es verdad, porque es la Palabra de Dios, y Dios es verdad. Como cristianos es fácil estar de acuerdo con esto. Pero, ¿tenemos algún fundamento concreto que dé evidencia de esto? ¿Tenemos argumentos que puedan estar a la altura del desafío de un incrédulo? Si se te acerca un ateo y te pregunta por qué crees en la Biblia, ¿cómo le responderías?
Desdichadamente, en la mayoría de los casos solamente sabemos qué creemos, pero no estamos capacitados para defender los principios básicos de nuestra fe. Inclusive a veces ni siquiera conocemos bien los preceptos que decimos creer: nuestra convicción es ciega e ignorante. Desconocemos las razones que respaldan nuestra fe, y con esto damos lugar a Satanás para que pueda atacarla, tratando de sembrar dudas en nuestras mentes a través de quienes nos rodean y nos cuestionan, debilitándola o resquebrajándola al final.
Como Pedro nos dice, no es opcional defender lo que creemos… más bien es pecar contra Dios quedarnos callados. Dios quiere que estemos prestos e instruidos para defender lo que creemos como cristianos bíblicos.
HISTORIA DE LA BIBLIA
Biblia es el nombre que recibe la revelación de Dios al hombre contenida en sesenta y seis libros o tratados, unidos entre sí y formando un solo libro único, porque en realidad tiene un solo autor y un solo propósito o plan, y cuyo tema central es el programa destinado a la redención del hombre.
La Biblia está compuesta de dos grandes partes, llamadas el Antiguo y Nuevo Testamento, separadas por un intervalo de casi cuatrocientos años. Estos testamentos están a su vez divididos en sesenta y seis libros: treinta y nueve en el Antiguo Testamento y veintisiete en el Nuevo. Estos libros son una biblioteca en ellos mismos, puesto que están escritos en toda forma conocida de literatura. Veintidós de ellos son históricos, cinco son poéticos, dieciocho son proféticos y veintiuno son epistolares (cartas). Contienen argumentos lógicos, poesía, cantos e himnos, historia, biografía, narraciones, parábolas, fábulas, elocuencia, ley, literatura y filosofía.
Hay al menos treinta y seis autores, quienes escribieron en tres continentes, en muchos países, en tres idiomas, y desde todo punto de vista humano posible. Entre estos autores se encontraban reyes, granjeros, hombres de ciencia, abogados, generales, pescadores, ministros y sacerdotes, un recolector de impuestos, un doctor, algunos ricos, algunos pobres, algunos citadinos, otros criados en el campo—así abarcando todas las experiencias humanas—extendiéndose durante más de 1500 años.
El Antiguo Testamento fue escrito en hebreo, exceptuando algunos pasajes que se escribieron en caldeo [que viene siendo el arameo]. El Nuevo Testamento se escribió en griego en su totalidad.
El primer libro impreso fue la Biblia; y se han imprimido más Biblias que cualquier otro libro. Se ha traducido, entera o en parte, a más de mil idiomas y dialectos y diversos sistemas para los ciegos. Para 1945, la Sociedad Bíblica había publicado más de 356 millones de Biblias.
La Biblia es inspirada por Dios, es decir: “Esa energía activa del Espíritu Santo… por la cual fueron guiados los agentes humanos elegidos por Dios para proclamar oficialmente Su voluntad a través de la palabra oral, o quienes se comprometieron a escribir las diferentes porciones de la Biblia” (Lee, citado en el ‘Diccionario de Cristo y las Evangelios’ de Hastings). Debido a que la Biblia proviene de la inspiración divina, es la guía infalible [de fe y conducta], y es perfectamente confiable en todas sus partes, tal y como fue dada por Dios<1>.
La Biblia misma menciona su propia inspiración divina, en 2 Timoteo 3:16 y 17; 2 Pedro 1:21; Hebreos 1:1 y 2, 1 P 1:10 y 11; Ap 19:10; Jn 5:39-46; Lc 24:27. Todos sus escritores afirman que escriben y hablan por autoridad divina, bajo la dirección del Espíritu Santo, lo cual hace de la Biblia el Libro de Dios por excelencia. De hecho, es el único. Estudiando más a fondo sus características, su mensaje, su coherencia, y la manera milagrosa en que toda ella está conjugada, es evidente que es obra de una Mente Maestra. El mundo reconoce la divinidad del libro: los grandes pensadores han colocado a la Biblia en una categoría aparte, reconociendo su carácter sobrenatural.
La mayoría de los escritores actuales y de antaño que abogan por la superación personal, la persecución de la excelencia, la paz interior, la búsqueda de significado, e ideas afines, utilizan –aun sin saberlo–los principios inmutables de la Palabra.
Algo digno de notar es que la Biblia ha sobrevivido a la mayoría de las grandes culturas y civilizaciones humanas. ¿Acaso hay alguna otra obra que tenga este trascendente rasgo? Estos y otros maravillosos atributos son más que suficientes para demostrar el carácter divino de las Escrituras, pero no bastando con ello, tenemos más evidencias de que la Biblia proviene directamente de Dios y Su voluntad.
Preservación del contenido
Una de las evidencias de mayor peso de la veracidad de la Biblia es la preservación intacta de su contenido. Es inaudito que un escrito se reproduzca vez tras vez sin cambiar esencialmente lo que dice, especialmente si tomamos en cuenta el tiempo transcurrido entre su escritura y el momento presente en que la tenemos en nuestras manos.
Trescientos años antes de Cristo se tradujo el texto hebreo al griego, que fue la traducción que se preservó. Entre el siglo seis y el doce, unos estudiosos judíos dieron forma a lo que ahora se conoce como el texto masorético, el cual es la base de muchas de las traducciones y versiones que se usan hoy en día.
Hasta hace poco, no se conocían manuscritos originales anteriores al siglo décimo después de Cristo, aunque varios historiadores abogaban por el apego del texto a los originales. La copia completa más antigua del Antiguo Testamento en hebreo era el Códice Babilónico Petropalitano, del año 1008 d.C.
Pero en 1947 fueron hallados en una cueva unos manuscritos que precedían por al menos 1000 años al antes mencionado códice. Son los famosos Rollos del Mar Muerto, escondidos por los esenios en Qumrán y sus alrededores. Muchos de sus fragmentos se han podido estudiar y demuestran claramente que el contenido de la Biblia alrededor de la fecha en que Cristo nació era igual al actual. El texto ha sido transcrito con fiel precisión a través de todos estos siglos.
El libro de Isaías es uno de los pocos tratados que se encontraron casi en su totalidad, y es asombroso leer esos rollos con antigüedad de 2000 años, comparados con una Biblia moderna. ¡No ha cambiado más que un par de palabras!
Es importante tener en cuenta que hasta el siglo quince, todas las Biblias eran manuscritos laboriosamente copiados e iluminados a mano. En la época del Rey Eduardo I de Inglaterra (1290), un ejemplar manuscrito completo de la Biblia costaba lo que un obrero ganaba en quince años. Pocos libros han sido tratados con tan amorosa minuciosidad.
Una historia así demuestra el carácter sobrenatural de la Biblia, pues solamente un libro protegido por la mano misma de Dios podría sobrevivir inalterado a través de los milenios, sin tomar en cuenta todos los ataques que ha tenido y los intentos por desprestigiarlo y eliminarlo que no han podido prevalecer en su contra.
Moisés y la cultura de Egipto
Un hecho sorprendente, que confirma la proveniencia de la Biblia directamente de Dios, es la historia misma de Moisés, el escritor del Pentateuco, o los cinco libros de la ley: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio. Moisés nació en Gosén, Egipto, alrededor del año 1571 a.C. En ese tiempo, el Faraón había ordenado que murieran todos los vástagos varones de los hebreos, pero la madre de Moisés lo escondió durante sus primeros tres meses. Después, no tuvo alternativa más que dejar al niño en una canasta entre los juncos del Nilo, para ver si se podía salvar. La hermana de Moisés se quedó para vigilar. La princesa egipcia, que se cree era una esposa sin hijos, vino a bañarse en el río sagrado. Vio la canasta y ordenó que se la trajeran. Fue conmovida por el pequeño, y decidió quedarse con él y criarlo como su propio hijo. La hermana estuvo a la mano para sugerir una nodriza hebrea: la propia madre del bebé. Esta fue la primera parte del entrenamiento de Moisés—un entrenamiento en casa en la religión verdadera, en la fe en Dios, en las promesas a Su pueblo, en la vida de un santo,—un entrenamiento que jamás olvidó, aun entre los esplendores y el pecado revestido de oro de la corte de Faraón. El niño fue adoptado por la princesa, y desde ese momento en adelante, por muchos años se le puede considerar como un egipcio. Como príncipe egipcio obtuvo una educación acorde a su rango; y “fue enseñado en toda la sabiduría de los egipcios” (Hch 7:22), la cual en ese entonces era extensa en civilización y entendimiento, adelantada a cualquier otro pueblo del mundo, rica en lo académico. Esta fue la segunda parte del entrenamiento de Moisés, preparándolo para un alto oficio, y para el liderazgo<2>. “Era poderoso en palabras y obras”, dice Hch 7:22. (La tercera parte de su entrenamiento la obtuvo como pastor en el desierto, aprendiendo paciencia, apacentando rebaños, que no diferirían mucho de los hebreos que guió en el Éxodo).
Lo interesante de esto es que en los escritos de Moisés no encontramos influencia alguna de su adoctrinamiento como egipcio, y vaya que los egipcios tenían una explicación para todo, predominantemente sobrenatural y regida por sus innumerables dioses mayores y menores, locales y nacionales.
Egipto es una tierra que sobrevive gracias al Nilo. De hecho el Nilo es la vida de Egipto. El país dependía de la Inundación anual – el levantamiento del Nilo, debido a las intensas lluvias a miles de kilómetros en Abisinia, que inundaban tanto el valle como la mayor parte del delta de junio a octubre cada año, dejando un grueso depósito de lodo y sedimento en el cual las cosechas crecían con sorprendente fertilidad – todo tipo de grano y verduras, y frutas tales como uvas, melones y dátiles. Los antiguos historiadores le llamaban “la canasta de pan” del Medio Oriente.
Si la Inundación era demasiado pobre, Egipto encaraba una hambruna, y muchos morían a causa de ella cuando los ‘años flacos’ se seguían unos a otros y los faraones no contaban con un José que previsoramente almacenara alimento en los años buenos [La historia de José se encuentra en Génesis 36-50].
Con la muerte siempre tan cercana, los antiguos egipcios desarrollaron una obsesión por ella, sin que ello menoscabara su existencia. La vida cotidiana estaba regida por los mandatos del más allá; todo, tanto nociones científicas como textos literarios y majestuosos edificios y monumentos enfatizaban la excelsa eternidad de los dioses frente a la fragilidad humana. Egipto se caracterizó por ser netamente pagano.
Ra, después conocido como Amón-Ra, el dios-sol, era la primera y más importante de las deidades egipcias – y el río Nilo mismo era la segunda, a veces adorado como Khnemu, pero más a menudo como parte del principio entero de la vida y reproducción que vino a ser encerrado en la persona de la diosa Isis.
Pero Osiris, dios del mundo de los muertos, era el hermano y esposo de Isis y era el mayor dios de todos – porque todos los muertos regresarían a la tierra cuando él, el primer faraón humano de Egipto, regresara para ser el eterno Faraón. De igual manera se creía que cada faraón era un dios en la tierra que se convertiría en un dios en el mundo de ultratumba—el Duat donde reinaba Osiris.
Conocemos muchos trozos de las historias y mitos egipcios gracias a que se preservaron en los templos mortuorios y pirámides, y en las tumbas de reyes y reinas, los cuales fueron construidos de la piedra más duradera para asegurar que permanecieran por la eternidad. Inclusive, en algunas tumbas demasiado pobres para tener inscripciones o grabados en piedra, las historias e instrucciones del Libro de los muertos se han hallado en rollos de papiro conformando la “Guía hacia la tierra de los muertos”, de vital importancia, pues les instruía acerca de cómo superar el juicio de Osiris.
El concepto del origen del mundo de acuerdo a los egipcios era completamente diferente del registrado en Génesis, y la idea de un solo dios se dio en Egipto unos doscientos años después de que Moisés estuvo allí (1375 a.C.) y no tuvo auge… En la Revolución de Amarna, Amenhotep IV intentó cambiar la religión politeísta y a Amon-Ra por la adoración de Atón ‘el único dios junto al cual no hay otro’. Insistía en que Atón era un dios de bondad, misericordia y clemencia (radicalmente diferente de los dioses egipcios tradicionales… Más bien parecido a Jehová…¿?). Deseaba que todos los egipcios adoraran al mismo dios, y ordenó que los nombres e imágenes de Amon-Ra y otros dioses fueran destruidos. Inclusive cambió su propio nombre a Akhenatón, mas estos cambios disgustaron a aquellos que preferían la manera antigua de hacer las cosas, su poder como gobernante se debilitó, y su sucesor, Tutankhamón (de fama mundial por el hallazgo en 1922 de su tumba sin saquear), regresó a la nación a la adoración politeísta de Amón, Osiris, Isis y demás deidades, de las cuales no se apartarían hasta la caída de Egipto en manos de Alejandro Magno en el año 332 a.C., cuando se incorporaron aspectos helenísticos a la cultura.
La historia de la creación de Génesis atribuye todo al Creador. La historia egipcia del origen del mundo lo presenta como surgido de un caos oceánico primigenio –reflejo de la influencia del Nilo en sus vidas– que amenazaba volver a devorarlo, y la voluntad de los dioses era la única garantía de equilibrio<3>. Proliferaban todo tipo de divinidades antropomórficas y zoomórficas, a quienes los egipcios consideraban diversas manifestaciones o aspectos de la deidad primordial. Predominaba una u otra dependiendo del clima político que se vivía.
Según el relato egipcio, recopilado de varios fragmentos esparcidos en diferentes tumbas de distintos periodos, de Nun, el espíritu de las aguas, surgió Ra el Ser Brillante, quien entonces hizo a Thoth, el dios de la sabiduría y la magia. Ra también hizo todo el mundo, dando origen al dios Shu, el viento; Geb, la tierra; Nut, la diosa del cielo, que extendía su manto para hacer caer la noche; Hapi, el sagrado Río Nilo… y fue haciendo todas las demás cosas que existen a partir de un monte primordial. Entonces él mismo se hizo humano para ser el primer faraón, y reinó durante miles de años sobre Egipto. Sin embargo, se hizo viejo, porque estaba decretado que ningún hombre podía vivir para siempre. Ya no podía gobernar bien su tierra, por lo que Apophis, el dios del mal, se aprovechó y entró en las almas de los hombres, provocando que se rebelaran en contra de Ra. Por consiguiente, Ra tuvo que castigar a los egipcios con el ataque de la diosa Sekhmet, la leona asesina, que mató a todos los hombres malvados… pero cuyo apetito sanguinario no era posible saciar. Ra se vio forzado a tenderle una trampa, y embriagándola, consiguió que en un día y una noche enteros no matara a nadie, por lo cual la pudo convertir en Hathor la Dama del amor, cuyo poder sobre la humanidad era mayor que antes, dándosele así al hombre una nueva delicia y un nuevo tormento. Las siete hijas de Hathor, las Hathores, son las que tejen la red que da forma a la vida de cada ser humano.
Pero Thoth pronunció una profecía que disgustó a Ra: si Nut (la diosa del cielo) tenía un hijo, éste sería el faraón de Egipto. A través de artimañas, Nut consiguió dar a luz cinco hijos: Osiris, el señor de todo y rey; Harmaquis, Set, Isis, y Neftis.
Osiris se casó con Isis, y Set se casó con Neftis. Pero ni Osiris ni Isis gobernaban todavía sobre Egipto, así que nuevamente usando engaños, Isis aprendió toda la magia existente y la usó en contra de Ra para poder destronarlo. Él dejó de ser faraón en la tierra y tomó su lugar en el cielo, donde día a día, cruzaba del este al oeste bajo la apariencia del Sol, y por la noche pasaba por debajo de la tierra a través de las doce regiones llamadas Duat por las cuales los espíritus de los muertos también tenían que pasar para ganarse el reino eterno de Ra.
A partir de este momento, se suscitaron entre los dioses una serie de traiciones, peleas y estratagemas, que incorporando artilugios y magia, dieron lugar a la sucesión reinante de Egipto: Osiris y luego su hijo Horus (el Vengador), después de quien Egipto fue gobernado por hombres, que se creía eran hijos de los dioses en espíritu y eran adorados como tales y se suponía estaban dotados de poderes divinos– aunque cometieran errores como ordinarios mortales<4>.
En la época en que Moisés fue criado en Egipto, prevalecía la idea de que la tierra estaba apoyada en cinco columnas, y se había incubado en un gran huevo cósmico que tenía alas y volaba. Los hechos científicos aceptados en Egipto en esos tiempos sugerían que mientras volaba aquel enorme huevo, dentro de su cáscara se terminó el proceso de mitosis, y así surgió este mundo<5>. Las historias de los dioses eran religiosas, y no necesariamente eran tomadas como conocimiento científico, por lo que los sabios egipcios ofrecían otro tipo de explicaciones cosmogónicas. Si Moisés hubiera escrito de su propia inspiración, si él hubiera inventado todo, hubiera incorporado versiones más o menos cercanas a lo que se le había enseñado en Egipto. Pero en sus escritos encontramos una revelación única de moralidad, principios y verdad impresionantes, la cual solamente pudo provenir de Quien es el Autor de todo.
Interrelación de los libros
Si actualmente les propusiéramos a tres escritores que nos redactaran una historia épica de 300 páginas, cada uno una sección, dándoles una idea general de la trama, lo que uno escribiera no tendría nada de concordancia con lo del otro. Sus escritos se contradecirían, el mismo personaje acabaría siendo un individuo de personalidades múltiples debido a las enormes diferencias que habría en su comportamiento de una sección a otra; los sucesos no tendrían relación unos con otros, el inicio de uno chocaría con el final de otro... Y al final, veríamos que es imposible lograr algo coherente de tres personas diferentes, aunque estén vivas al mismo tiempo. Cuán maravilloso es el hecho de que la Biblia sí haya podido escribirse con una mecánica semejante, pero con resultados impresionantemente perfectos.
La manera en que todos los libros de la Biblia están en perfecta armonía, y ninguno contradice a otro es otra evidencia más del carácter divino de su paternidad, tomando en cuenta la diversidad cultural de casi 40 escritores, con varios siglos entre unos y otros.
Toda la Palabra de Dios está llena de referencias a otros libros dentro de ella misma, y el mismo Señor Jesús con autoridad definitiva ratificó sin reserva alguna el Antiguo Testamento. De hecho, él mismo nos dice: “Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido.” (Mt 5:18) En el transcurso de Su ministerio, citó en múltiples ocasiones los escritos del Pentateuco, de los profetas y los otros libros. Si esos libros no fueran realmente inspirados por Dios, no los hubiera autentificado Jesucristo, quien es Dios mismo. Es evidente en la cantidad de veces que menciona las palabras “Escrito está” o similares para referirse a porciones del Antiguo Testamento. Jesús dijo que lo que estaba escrito en el Antiguo Testamento hablaba de Él (Lc 24:27; Jn 5:39; He 10:7). Es irrefutable que el Señor Jesús dio el sello de Su aprobación a las Escrituras.
Pablo también da testimonio vehemente de que habló “con palabras que enseña el Espíritu” (1 Co 2:13), y dijo en 2 Ti 3:16: “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra.” El Nuevo Testamento constantemente equipara el concepto de “Palabra de Dios” con el Antiguo Testamento (Mt 21:42; 22:49; 26:54, 56; Lc 24; Jn 2:22-26; 5:39; 10:35; Hch 17:2, 11; 18:28; Ro 1:2; 4:3; 9:17; 10:11; 11:2; 15:4; 16:26; 1 Co 15:3, 4; Gá 3:8; 3:22; 4:30; 1 Ti 5:18; 2 Ti 3:16; 2 P 1:20-21; 3:16). La unidad interna de la Biblia no se puede explicar como coincidencia, debe provenir de un sólo y único Autor.
PROFECÍAS CUMPLIDAS
Otro aspecto que da evidencia de la veracidad de las Escrituras son las profecías allí contenidas. Hay muchas de éstas que se cumplieron dentro del periodo que abarca la Biblia, y en ella se menciona su cumplimiento. Hay muchas otras que se ejecutaron posteriormente, y los anales de la historia testifican de ello. Dios nos dice que hay una manera de saber si un profeta habla en Su nombre o si es falso: “Si el profeta hablare en nombre de Jehová, y no se cumpliere lo que dijo, ni aconteciere, es palabra que Jehová no ha hablado; con presunción la habló el profeta; no tengas temor de él” (Dt 18:22). “Acordaos de las cosas pasadas desde los tiempos antiguos; porque yo soy Dios, y no hay otro Dios, y hay nada semejante a mí, que anuncio lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no he hecho” (Is 46:9, 10). “En esto conoceréis…” es profecía predictiva, cuyo cumplimiento da autenticidad al contenido de la Biblia.
Las profecías bíblicas son específicas, reales y detalladas; son únicas, puesto que en ningún otro escrito considerado sagrado o secular existe algo similar. Inclusive los famosos “adivinos” modernos, que predicen desde el inicio del año lo que va a suceder en su transcurso, se equivocan en la mayoría de sus predicciones. (Tienen un porcentaje de aciertos de menos de 3%). Eso explica que ganen su sustento trabajando como adivinos y no sacándose la lotería cada semana. Es imposible animarse a hacer profecías predictivas específicas, porque se basan en demasiadas situaciones condicionales de “si…”.
Aún los oráculos sibilinos daban declaraciones ambiguas, que podían cumplirse con facilidad sin importar cuál fuera el resultado. (“El enemigo de Roma será destruido”, le dijo el oráculo al emperador Majencio cuando lo atacaban. Salió confiado a luchar, y fue él, el emperador romano, quien fue vencido y muerto por Constantino. Parece que el enemigo era él, y no su oponente. En este caso, fuera quien fuera el que resultara vencedor, se cumplía.)
Pero las profecías bíblicas necesariamente tienen que cumplirse con exactitud. Hay más de 2000 profecías específicas que ya se han ejecutado, como las relacionadas con Tiro, Sidón, Samaria, las ciudades de Edom (entre las cuales se encuentra Petra), Nínive… También todas las profecías anunciadas acerca del Mesías se cumplieron cabalmente (hay al menos 300 de ellas, y no faltó ni una de cumplirse), al igual que las profecías del exilio de los judíos a Babilonia… pero veamos algunas que tuvieron su realización en tiempos extrabíblicos, lo que las hace más fáciles de verificar y brinda mucha mayor credibilidad.
Babilonia
Era tal vez la ciudad más grande y magnífica de la antigüedad. Sus muros tenían unos 23 kilómetros por lado, es decir, 90 Km alrededor. Tenía un área de más de 500 kilómetros cuadrados, y sus jardines colgantes se consideraban una de las siete maravillas del mundo antiguo. Era magnífica, sé auto abastecía, y sus habitantes eran cultos. En cuanto a ciencia, avanzó más que todos los pueblos que la precedieron, pero no obstante toda su importancia, Dios dijo: “Y Babilonia, hermosura de reinos y ornamento de la grandeza de los caldeos, será como Sodoma y Gomorra, a las que trastornó Dios” (Is 13:19) Hay más de cien profecías concernientes al destino de Babilonia. Las principales de ellas se encuentran en Isaías 13:19-22; 14:23; y Jeremías 50: 13, 39; 51:26, 43, 58, 62. Estas mencionan que sería destruida, nunca más sería habitada, los árabes no acamparían allí, no habría en ella ovejas, sus ruinas serían guarida de fieras, estaría cubierta por lagunas de agua, sus piedras no serían reutilizadas para construir nada más, y sus murallas serían derribadas; entre otras cosas.
¿Se cumplió todo esto? Sí. Los persas, al ver que Babilonia era inexpugnable, la atacaron desde dentro a través de unos traidores babilonios y desviaron el río Eufrates, que atravesaba la ciudad, para dejar libre el espacio que éste ocupaba debajo de sus gigantescas murallas y penetrarla por ahí. En el 539 a.C., Babilonia cayó ante Ciro de Persia y desde ese momento inició la decadencia de la ciudad. Jerjes la saqueó y derribó varios templos y monumentos. Alejandro Magno intentó reconstruir las partes en ruinas y hacerla capital de su imperio, pero cayó víctima de una rara enfermedad incurable antes de poder llevar a cabo el proyecto y murió en Babilonia en el 223 a.C. Ni el más grande conquistador pudo alterar lo decretado por la Palabra de Dios. Los sucesores seléucidas de Alejandro abandonaron todo intento de reconstrucción y la ciudad fue desintegrándose poco a poco, en una larga agonía mortal. En el 363 d.C. Juliano el Apóstata ordenó la destrucción de los muros de Babilonia, de los cuales no quedó nada.
Observadores diversos relatan que el antiguo sitio de Babilonia está desolado, habitado solamente por bestias salvajes; no hay majadas en sus alrededores; ni los beduinos se atreven a pasar la noche allí debido a supersticiones y aunque se han tomado ladrillos de Babilonia para construir otras edificaciones en lugares de los alrededores, las piedras que fueron importadas a Babilonia nunca han sido movidas. Hasta la profecía de que sería cubierta por las aguas se cumple, pues en cierta época del año, el río Eufrates sube y cubre parte de la ciudad, dejando pantanos inaccesibles. Mas luego se seca y se convierte en un vasto desierto, quemado por el implacable sol. Dios predijo la desolación de Babilonia mucho antes de que alguien se pudiera imaginar que pudiera caer así. Los castigos que Dios promete se efectúan.
Esclavos judíos en Egipto
Esta es una profecía breve, encontrada en el libro de Deuteronomio, capítulo 28:68: “Y Jehová te hará volver a Egipto en naves, por el camino del cual te ha dicho: Nunca más volverás; y allí seréis vendidos a vuestros enemigos por esclavos y por esclavas, y no habrá quien os compre.” Es parte de la maldición que vendría como consecuencia de la desobediencia del pueblo hebreo. Se cumplió enteramente 1500 años después, cuando tras la caída de Jerusalén en el 70 d.C., el mercado de esclavos de Egipto se llenó a tal grado de cautivos israelitas, llevados en barcos por los romanos, que no hubo compradores suficientes. Esta bien puede parecer una profecía sin importancia por su brevedad, pero en vista del tiempo transcurrido entre su pronunciamiento y su realización plena, apoya patentemente la realidad de que las profecías bíblicas se cumplen al pie de la letra.
Una nación en un día
El Estado moderno de Israel es otro magnífico ejemplo de profecías aparentemente imposibles de llevar a cabo, realizadas. En el Antiguo Testamento la nación de Israel sufrió una gran deportación a Babilonia, durante la cual se quemó la ciudad de Jerusalén y el templo. Después de setenta años, Dios permitió que el remanente regresara, alrededor del 536 a.C. y reconstruyeron el templo. En el año 70 de nuestra era hubo una segunda deportación, cuando los romanos bajo Tito nuevamente destruyeron Jerusalén y dispersaron a los judíos (a algunos los esclavizaron y vendieron). ¿Quién podría haberse imaginado que después de ser conquistado, todo su pueblo exiliado y su territorio finalmente absorbido por los árabes, Israel pudiera nuevamente ser reconocido como nación? Sin embargo, el libro de Isaías declara en el 66:8-23 que Israel volvería, así como en el 27:12 y 13 (hay muchas citas más). El 14 de mayo de 1948, se decretó la formación oficial de este país, que prácticamente comenzó a existir de la noche a la mañana, puesto que al día siguiente los británicos, quienes habían tenido el territorio bajo su control, se retiraron y dejaron libre al nuevo Israel. (Conviene saber que los judíos de los tiempos bíblicos se conocen como israelitas, mientras que los judíos modernos que habitan en Israel se denominan israelíes).¿No es admirable la manera en que se cumple la Palabra? Llegaron judíos de todas partes del mundo, conservando todavía su identidad nacional después de alrededor de mil novecientos años de haber salido de su tierra (la identidad nacional se pierde a las cinco generaciones, como norma en todos los casos de absorción de pueblos por otros—esto constituye un milagro en sí). Nació así una nación que ahora es una gran potencia militar y que puede muy bien gobernarse sola.
La Guerra de los Seis Días
Y precisamente, esta joven nación es protagonista de otra profecía cumplida. Consulta el Salmo 83, y lee en algún periódico viejo (de 1967) el recuento de la Guerra de los Seis Días, en la cual los vecinos árabes atacaron a Israel intentando recuperar sus antiguas posesiones, y ambos dicen lo mismo. Veamos qué.
En los versículos 3 a 5, dice que “Contra tu pueblo han consultado astuta y secretamente, y han entrado en consejo contra tus protegidos. Han dicho: Venid, y destruyámoslos para que no sean nación, y no haya más memoria del nombre de Israel. Porque se confabulan de corazón a una, contra ti han hecho alianza”. Así fue como se aliaron los árabes para atacar en secreto, con la consigna de eliminar a Israel permanentemente, pues el 18 de mayo de 1967 Egipto le ordenó a la ONU que retirara sus fuerzas de la frontera Egipcia-Israelí. La guerra estalló el 6 de junio entre Egipto e Israel. Los mismos pueblos citados en los versículos 6 a 8 fueron los que intervinieron en el conflicto armado (Líbano, Egipto, Irán, Irak, Siria, Jordania en sus nombres actuales). Sin embargo, aunque ellos esperaban obtener una victoria rápida y segura, Israel atacó de inmediato, como un relámpago en rapidez y poder, y bombardeó las bases aéreas egipcias, eliminando la fuerza aérea completa de aquel país. También dañó severamente las fuerzas aéreas de Siria, Jordania e Irak. Los árabes nunca esperaron que Israel estuviera tan bien armado y organizado. “Hazles como a Madián…que perecieron… fueron hechos como estiércol para la tierra…Pon a sus capitanes como a Oreb…que han dicho: Heredemos para nosotros las moradas de Dios.” (v. 9-11). Después de capturar toda la península del Sinaí, Israel ocupó la Franja de Gaza, Jerusalén del Este y Cisjordania (Judea y Samaria) en cuatro días. Entonces se volvió hacia el frente sirio y tomó las Alturas de Golán. “Dios mío, ponlos como torbellinos, como hojarascas delante del viento, como fuego que quema el monte, como llama que abrasa el bosque. Persíguelos así con tu tempestad, y atérralos con tu torbellino. Llena sus rostros de vergüenza, y busquen tu nombre, oh Jehová. Sean afrentados y turbados para siempre; sean deshonrados y perezcan” (v. 13-17). El 11 de junio se dieron los ceses al fuego de la ONU, y la guerra terminó. Realmente fue un evento vergonzoso para los árabes, pues en lugar de deshacerse de Israel de una vez para siempre, perdieron una gran cantidad de territorios, y demostraron al mundo la permanencia de la nueva nación israelí.
Actualmente, después de otros conflictos armados más y varias pláticas y tratados para conseguir la paz, desde 1993 Israel ocupa aproximadamente el territorio que Dios le prometió a su pueblo en el Antiguo Testamento: la Tierra Prometida de antaño.
EVIDENCIAS HISTÓRICAS Y ARQUEOLÓGICAS
En 1798 en una expedición de Napoleón se halló la Piedra de Roseta en Egipto, y al poder traducirse sus inscripciones en griego, cóptico y jeroglíficos, surgió un gran interés por la fascinante disciplina dedicada al estudio de los restos de las civilizaciones humanas, que se conoce como arqueología. Lo que más intrigaba al mundo a principios del siglo XIX, cuando iniciaba esta ciencia, era si confirmaría o echaría por tierra la historicidad de la Biblia, pues unos años antes una escuela de pensamiento llamada de la alta crítica, nacida en Alemania, trató de desacreditar la Biblia como la Palabra de Dios. Los eruditos cristianos comenzaron a callar, ante el ataque de estos auto denominados sabios, y fue entonces cuando las piedras comenzaron a clamar a gritos acerca de la exactitud de la Biblia.
Hay muchos pasajes en ella que solamente tratan acerca de genealogías, ubicación de docenas de lugares… y al leerlos, nos preguntamos por qué algo tan aburrido está allí. Pero como lo dijo el erudito R. A. Torrey: “La abundancia de detalles era como las marcas de filigrana en el papel, que daban indeleble evidencia del tiempo y el plan de la manufactura”<6>. Mira cualquier billete a contraluz, y verás que el papel contiene filamentos entretejidos, al igual que destellos metálicos y marcas de agua. Esto se hace con el objeto de que no sea posible falsificar el dinero… Igualmente, Dios no quería que Su Palabra fuera falseada, y quiso dejar una sucesión de claras marcas en el “papel” que utilizó. Cada detalle que ha sido analizado por la arqueología ha demostrado ser cierto.
Hallazgos arqueológicos
Hubo un erudito alemán que declaró que la mención en Génesis 14 de cuatro reyes del golfo Pérsico que en tiempos de Abraham incursionaron en la península del Sinaí, era descabellada. Otro crítico, Theodor Noldeke, dijo que la crítica había refutado para siempre la pretensión de la Biblia de ser histórica<7>. Pero Génesis 14 afirma precisamente ser histórico.
Sabemos que los personajes mencionados como parte de la coalición de reyes mesopotámicos que invadieron el bajo Canaán tienen los nombres correctos, asociados a los lugares correctos. Como lo dice Randall Price: “La situación política descrita por la alianza de Génesis 14 y la de la coalición transjordana de reyes en la cuenca del Mar Muerto sólo fueron posibles en un periodo de la historia: la primera parte del segundo milenio a.C.” De acuerdo a las evidencias históricas existentes, “hay razones de peso para considerar todo el conjunto como históricamente correcto”<8>.
Otro detalle frecuentemente criticado como absurdo era la existencia del pueblo heteo. Los historiadores decían que tal pueblo nunca había existido, aunque se menciona en ocho capítulos del Antiguo Testamento. Pero el doctor Hugo Winkler encontró más de 40 ciudades de los heteos en la región que las Escrituras dicen que habitaban. Como mayor confirmación, en las paredes de un palacio en Egipto ¡se encontró escrito todo el tratado que se efectuó entre los heteos y los egipcios, tal como lo menciona la Biblia!<9> Ahora los heteos o hititas se mencionan en los libros de historia y de texto, y aparecen en las enciclopedias.
También les parecía ridículo a los críticos que se relatara en Josué que los muros de Jericó cayeron cuando los israelitas caminaron alrededor de la ciudad, pues lo normal es que las murallas se desplomen sólo como consecuencia de una tremenda embestida. Pero al encontrar Jericó, se constató que sus muros efectivamente se derrumbaron enteros, permitiendo a los israelitas trepar sobre las piedras y penetrarla con facilidad.
El notable arqueólogo Sir William Ramsay, ateo descendiente de ateos, se dio a la tarea de refutar la Biblia. Fue a Tierra Santa y se dedicó durante más de 25 años a buscar con qué hacerlo. Pero al final tuvo que reconocer que Lucas había sido exacto en su relato hasta los más mínimos detalles, y descubrió asimismo centenares de cosas que confirmaban la historicidad del libro de Hechos. Finalmente, después de publicar libro tras libro, conmovió al mundo de la crítica al declararse cristiano en uno de ellos. Así también les ha sucedido a otros numerosos arqueólogos que han intentado desentrañar el pasado, puesto que la Biblia ha demostrado ser fidedigna como fuente histórica<10>.
Es impresionante la cantidad de personas que salen dispuestas a demostrar que el contenido de la Biblia es ficticio y al final tienen que reconocer que es totalmente cierta, pues hasta las piedras y ladrillos de todo el Medio Oriente hablan de Su verdad. El cristianismo es una fe histórica, y en su trayectoria se puede observar que Dios ha participado en la historia con muchos actos poderosos. La arqueología ha confirmado y completado muchos aspectos de la historia bíblica, y nunca ha disputado punto histórico alguno del relato bíblico. Una gran cantidad de descubrimientos aparte de los ya mencionados ha despertado en los estudiosos un nuevo respeto hacia los cronistas bíblicos. Miles de vidas han sido transformadas de esta manera, haciendo creyentes convencidos de antiguos escépticos y adversarios.
PRINCIPIOS CIENTÍFICOS
Otra manera asombrosa, y de gran impacto en que la Biblia demuestra la Mano Poderosa que la escribió es su contenido científico. A simple vista, parece que las Escrituras tratan de todo menos Ciencia, pero al investigar más a fondo, encontramos toda una serie de cápsulas informativas con un trasfondo científico por demás adelantado a la época en que fue escrita.
La Biblia es esencialmente un libro que le habla al hombre acerca de la necesidad que tiene de Dios, que es un padre afectuoso que ama a sus hijos y cuida de ellos. Este es el papel primordial de la Biblia, la razón por la que fue escrita. La redención del hombre es la columna vertebral de la Biblia, y sin este contenido, perdería su importancia. Pero también Dios nos comunicó a través de ella conocimientos de Geografía, Astronomía, Medicina, Física, Biología y otras disciplinas. En distintos momentos se han considerado errados varios de esos conceptos, pero conforme han ido avanzando los conocimientos del hombre, se han corroborado muchas de las cosas que dice la Biblia. Se confirma vez tras vez que no contiene errores.
Medicina
Los descubrimientos de la medicina proporcionan constantes pruebas de la veracidad de la Palabra de Dios. Después de que Dios sacó a su pueblo de Egipto, les prometió que no les enviaría ninguna enfermedad de las que habían hecho estragos entre los egipcios (Ex. 15:26): “Si oyeres atentamente la voz de Jehová tu Dios, e hicieres lo recto delante de sus ojos, y dieres oído a sus mandamientos, y guardares todos sus estatutos, ninguna enfermedad de las que envié a los egipcios te enviaré a ti; porque yo soy Jehová tu sanador.” Les dio reglas estrictas a seguir y, efectivamente, la obediencia a ellas salvó a los hebreos de los azotes de plagas epidémicas. Los egipcios en ese tiempo tenían un tratado médico, el Papiro Ebers que proponía remedios para toda clase de aflicciones desde una astilla enterrada (aplicarles sangre de gusanos y estiércol de asno—curiosamente, los que usaban la receta tendían a morir de tétanos) hasta la trepanación de cráneo para aliviar la tensión. (Nuevamente es notorio que Moisés no incorporó ninguna de estas enseñanzas y creencias a las instrucciones especificadas en el Pentateuco, aunque obviamente él sabía de ellas. Esto demuestra lo literalmente que Moisés transcribió lo que Dios le transmitió). Dios sí sabía lo que decía, y su pueblo no se vio menguado por las enfermedades.
Al ritmo que avanzan los descubrimientos médicos, se constata la sabiduría de los preceptos bíblicos en cuanto a higiene y cuidado de los enfermos.
Las instrucciones bíblicas respecto a la lepra (Lv 13:46) son un método eficaz para controlar enfermedades infecciosas de la piel, y no tienen igual en la historia humana antigua. Pueden considerarse como el primer modelo de leyes sanitarias. La lepra se extendió en la Europa medieval de tal manera que cobraba una terrible cantidad de vidas. La ciencia nada tenía que ofrecer, y fue la iglesia la que emprendió la tarea de combatirla con los preceptos establecidos en Levítico, llevando a cabo una metódica erradicación de la enfermedad. Sin embargo posteriormente en Noruega se relajó el cuidado que se tenía de seguir estos principios, creyéndose que la lepra era hereditaria, y como consecuencia se extendió de una manera devastadora en aquel país. A fines del siglo pasado se puso en efecto el Decreto Noruego, que ordenaba a los leprosos vivir en aislamiento preventivo separados de sus familias, pues se identificó la bacteria que la producía. En 1856 había en el país nórdico 2858 leprosos. Al principio de este siglo sólo quedaban 577, disminuyendo pronto a 69. Para 1930, los espectaculares descubrimientos de la ciencia permitieron a Noruega erradicar esa enfermedad; pero las precauciones adoptadas habían sido escritas por Moisés casi 3500 años antes.
No obstante que la lepra dejó de hacer estragos en Europa, otras enfermedades seguían diezmando a la población, tales como el cólera, la disentería y la fiebre tifoidea. A finales del siglo XVIII las medidas higiénicas eran bastante primitivas, y se perdió un gran número de vidas debido a las enfermedades infecciosas. Esto se podría haber evitado si el hombre hubiera atendido a la provisión de Dios para liberar a la humanidad de enfermedades de este tipo.
Contra las enfermedades gastrointestinales, la Biblia recomienda: “Tendrás un lugar fuera del campamento a donde salgas; tendrás también entre tus armas una estaca; y cuando estuvieres allí fuera cavarás con ella, y luego al volverte cubrirás tu excremento” (Dt 23:12-13). Aquí se proponía el saneamiento, pero la teoría de la propagación infecciosa de enfermedades surgió hasta 3500 años después.
Ignaz Semmelweis fue el primer médico en darse cuenta de que lavarse las manos evitaba la dispersión de enfermedades entre pacientes en los hospitales. En el hospital de Viena en donde trabajaba como responsable de una sala de obstetricia, moría una de cada seis mujeres en los pabellones de maternidad. Tal dolor y sufrimiento le llevó a buscar sin tregua la causa de ese número astronómico de muertes. La observación cuidadosa lo hizo descubrir que la mayoría de las muertes se daban en la sala que examinaban los estudiantes de medicina. Supuso que estaban extendiendo la enfermedad a las pacientes vivas de los cadáveres a los que practicaban las autopsias. Para probar esta teoría, en abril de 1847, requirió que todos los médicos y estudiantes se lavaran las manos antes de examinar a las pacientes. En junio, sólo murió 1 de cada 42; y en julio, 1 de cada 84, llegando a una taza de mortalidad de 1%.
Cierto día, después de lavarse las manos, los médicos y estudiantes examinaron a las mujeres de una fila de doce camas. Enseguida a once de ellas les subió la fiebre y murieron. Entonces Semmelweis dedujo algo más: el elemento misterioso causante de las muertes sin duda se transfería de una paciente a otra. Lógicamente, ordenó que todos los médicos y estudiantes se lavaran cuidadosamente las manos entre paciente y paciente. Inmediatamente se dejó venir la protesta contra tal fastidio. Por conflictos con sus superiores Semmelweis fue despedido del hospital, su sucesor tiró todas las palanganas y la tasa de mortalidad subió de nuevo a sus antiguas y aterradoras cifras.
Instituyó sus procedimientos de lavado de manos en otros hospitales y obtuvo los mismos resultados: una drástica disminución de muertes. Aunque sus métodos funcionaban, eran ridiculizados por la medicina tradicional; el prejuicio de los demás médicos evitó que se dieran cuenta de la gran verdad que Semmelweis había descubierto. Tuvieron que pasar varios años antes de que reconocieran su trabajo, cuando él ya había muerto, irónicamente, de una infección sanguínea. Actualmente, se reconoce el lavado de manos como la característica más importante del control acertado de infecciones, y es requisito imprescindible antes de toda cirugía.
Empero, muchos siglos antes de Semmelweis, Dios dio a Moisés instrucciones detalladas acerca del método más seguro para limpiarse las manos después de tocar a personas muertas o contaminadas en Nm 19. Esto concuerda con los procedimientos modernos de asepsia. Inclusive da la receta para la preparación de un jabón bactericida y antiséptico, sorprendentemente parecido al preparado que se usa ahora en los hospitales. A partir de 1876, cuando entró en vigor el método aséptico de lavado de manos e instrumentos, hubo un descenso muy marcado en los índices de mortalidad. Por último, los trabajos de John Tyndall, Luis Pasteur, Robert Koch y Sir Joseph Lister suministraron pruebas visibles que acabaron de disipar la renuencia médica al lavado de manos. ¡Qué lástima que les tomó tanto tiempo a los cirujanos entender los principios bíblicos que podrían haber evitado tan alto precio en vidas humanas!<11>
Otra área en la cual la Biblia es rotundamente acertada es en cuanto a la prevención de enfermedades venéreas y el SIDA. Sus recomendaciones son tan sencillas como no fornicar, no cometer adulterio y considerar la homosexualidad como abominación. Si el hombre hiciera caso de estas medidas, no existirían este tipo de padecimientos. Pero la gente insiste en vivir la vida a su manera, y cada día hay más casos de enfermedades transmitidas sexualmente. Los sistemas de salud se limitan a proponer el ejercicio del “sexo seguro”, es decir, el uso del preservativo. Lamentablemente, lo único que preserva es la promiscuidad de la gente, no su salud.
La Biblia inclusive va más allá de las enfermedades físicas y pone atención en las actitudes del corazón que provocan tanta muerte y dolor como las primeras. La psiquiatría moderna nos dice que una de las causas de que haya tanto sufrimiento en el mundo es la falta de amor entre los seres humanos, y que la salud mental depende del amor. ¿No es eso mismo lo que dice la Palabra de Dios? Cuántas penas menos tendríamos si hiciéramos caso de la maravillosa medicina preventiva que hallamos en el Manual de Instrucciones que nos proporcionó nuestro fabricante. No en vano nos declara que Él será nuestro Médico y Sanador. ¿Es necesario que la ciencia “redescubra” todas estas verdades para que estemos dispuestos a aplicarlas en nuestras vidas? ¿No es Él la fuente más fidedigna que podemos tener en cuanto al cuidado de nuestro cuerpo y nuestra mente? El no solamente trata nuestro ser físico y emocional… también se dedica a sanar el espíritu humano, y para eso, ninguna área de la medicina moderna funciona.
Otras áreas
El adelanto de las Escrituras es patente en otras áreas científicas. Por ejemplo, una de las declaraciones que hace Dios respecto a la tierra es que es redonda, Is 40:22 “Él está sentado sobre el círculo de la tierra…” y Pr 8:27 “… trazaba el círculo sobre la faz del abismo.” Hacia el siglo 2 a.C. Eratóstenes calculó la circunferencia de la Tierra, mas luego el hombre olvidó este dato y el temor a lo desconocido le hizo creer que la tierra era plana. También se indica la manera en que está sostenido nuestro planeta en Job 26:7: “El… cuelga la tierra sobre nada”. Inclusive manifiesta que hay corrientes en el océano en Sal 8:8 “…todo cuanto pasa por los senderos del mar”.
Jeremías, desde el siglo 6 a.C. dejó escrita una verdad innegable: “Como no puede ser contado el ejército del cielo…” (Jer 33:22; también en el 31:37 y Gn 15:5, 22:17). El tamaño del universo es inconmensurable, aún con los más potentes telescopios modernos, no se sabe hasta dónde se extiende. Ni siquiera es posible representarlo a escala miniatura, pues aunque hiciéramos a la tierra de un diámetro de un milímetro, la estrella Próxima Centauri, que es la más cercana, ¡tendría que colocarse a treinta kilómetros de distancia! Y eso sería considerando solamente en una pequeña parte de la Vía Láctea, la galaxia en la que vivimos. (Hay cientos más de galaxias, si no es que miles.)
La Palabra declara que las estrellas producen sonido (Job 38:7) “…cuando alaban las estrellas del alba”, ¡y la ciencia lo acaba de descubrir! Isao Tomita, un compositor moderno que gusta de usar la última tecnología compuso una pieza usando la “música de las estrellas”– los patrones reproducibles de las longitudes de onda que emiten los astros.
Las partículas subatómicas no se pueden ver, pero eso Dios ya lo sabía y nos lo dice en Hebreos 11:3 “…lo que se ve fue hecho de lo que no se veía”.
No fue sino hasta el siglo XVII que se descubrió que el aire tenía peso (es decir, la presión atmosférica). Pero la Biblia lo había dicho tres mil años antes, en Job 28:25: “Al dar peso al viento…”.
También el concepto del vacío mencionado en Job 26:7: “Él extiende el norte sobre vacío” era ridiculizado. Pero hoy la existencia de éste es una realidad en los medios científicos. La ley de la inercia de Newton, uno de los principios básicos de la Física, habla de él.
Precisamente, es el gran Newton uno de los más distinguidos científicos y a quien debemos el descubrimiento de varias leyes fundamentales de la física. El se sintió impelido a buscar la manera de explicar los fenómenos como el movimiento y la gravedad porque estaba seguro de que la tierra había sido hecha por Dios, y por consiguiente, tenía que haber leyes que rigieran lo que sucede en ella, puesto que Dios es un Dios de orden y planeación.
La ciencia verdadera no destruye la fe, y la fe no se contrapone a la ciencia verdadera. Sir Francis Bacon, precursor de la ciencia moderna, dijo: “La poca ciencia lleva al hombre a la incredulidad, al ateísmo; en cambio, la ciencia verdadera lo lleva a Dios.” Los verdaderos científicos son aquellos que reconocen que dentro del diseño de lo más pequeño que existe (las partículas subatómicas) y lo más grande que el hombre pueda conocer (el universo), se distingue la firma del Diseñador. Hay una ciencia que afirma la existencia de Dios y señala hacia Él; y una que prescinde de Dios. Citando al escritor Geziel Gomes: “La verdadera ciencia es absolutamente compatible con la Biblia. ¿Cómo es posible que el Libro de los libros sea contrario a la ciencia legítima, si es la revelación personal de Jesucristo, ‘en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento’ (Col 2:3)?” Cada nuevo descubrimiento de la ciencia es una nueva revelación del orden con que Dios construyó su universo. El Salmo 94 dice: “Entended, necios del pueblo; y vosotros, fatuos, ¿cuándo seréis sabios?… ¿No sabrá el que enseña al hombre la ciencia?” (v. 8 y 10b)<12>.
En mi experiencia como Ingeniero, he visto que no es posible pensar en leyes físicas o químicas que se cumplen una y otra vez, sin concluir que Alguien tuvo que haberlas diseñado para regir un mundo que necesitaba de ellas para tener algún método y coherencia. Precisamente, por eso son leyes y no meras suposiciones, y funcionan perfectamente sea que las conozcamos o no. Pensemos en la ley de la gravedad… aunque no la conociéramos, como quiera al soltar algo, se caería. No por desconocer la gravedad los objetos van a flotar—la aplicación de la ley no depende de que uno esté enterado de que existe. Es parte de un diseño preciso y perfecto, y es ciencia pura. Después de todo, Dios dice en Isaías 44: 25 y 26: “Yo [soy] Jehová, que lo hago todo, que extiendo solo los cielos, que extiendo la tierra por mí mismo; que deshago las señales de los adivinos y enloquezco a los agoreros; que hago volver atrás a los sabios, y desvanezco su sabiduría.” ¿Quién más sabio qué Él, que creó las leyes que gobiernan la naturaleza y también a la ciencia? De hecho, son estas leyes las que hacen ciencia de la ciencia.
VERACIDAD DEMOSTRADA
La Biblia cumple con los siguientes requisitos para considerarse auténticamente escrita por Dios:
1. Ha sido transmitida con precisión desde el tiempo en que fue escrita.
2. Es correcta al tratar de personajes y acontecimientos históricos. No confunde nombres, sucesos ni fechas, y la arqueología confirma cada vez más su exactitud.
3. Está desprovista de absurdos científicos. No hay punto de la Biblia que sea ridículo, a pesar de los grandes avances que ha tenido la ciencia en los últimos tiempos<13>.
No solamente cumple lo anterior, sino que lo sobrepasa, y de manera verificable. Tiene completa unidad y armonía, puesto que la historia que encierran las Escrituras es de principio a fin una sola: la redención del hombre.
Jesús lo afirmó categóricamente: “Tu palabra es verdad.” (Juan 17:17).
Profundicemos en ella para poder llegar a ser verdaderamente sabios y experimentar en nuestras propias vidas su poder transformador.
Bibliografía
<1> Diccionario Bíblico de Peloubet, 1947, The John C. Winston Company, Philadelphia, EE.UU.
<2> ibídem
<3> Enciclopedia Hispánica, Encyclopaedia Britannica Publishers, Inc. , 1995-1996, EE.UU., Vol. 5, pág. 297-309.
<4> Tales of Ancient Egypt (Narraciones del Egipto Antiguo), Roger Lancelyn Green, Puffin Books, 1984, pág. 9-48.
<5> Evidencias de un Creador, Abraao de Almeida, 1989, Editorial Vida, pág. 66 y 67.
<6> R. A. Torrey, The Higher Criticism and the New Theology (La alta crítica y la nueva teología). Montrose, Montrose Christian Literature Society, 1911, pág. 129.
<7> Ibídem, pág. 132
<8> Randall Price. Las piedras claman. Miami: Editorial Unilit, 2000, pp. 83-85
<9> D. James Kennedy. Op cit. p. 25-26
<10> Por qué creo, D. James Kennedy, 1982, Editorial Vida, Florida, EE.UU.
<11> Compilado de Ninguna enfermedad, Dr. S.I. McMillen, 1986, Editorial Vida, Florida, EE.UU. y Biology, God’s Living Creation (Biología, la creación viviente de Dios), A Beka Books, Florida, 1988.
<12> Evidencias de un Creador, Abraao de Almeida, 1989, Editorial Vida, Capítulos 3 y 8.
<13> Razones, Josh McDowell y Don Stewart, 1983, Editorial Vida
|
 |